¿POR QUÉ “ELECTRICITYLAND”?

Años 90. Se interrumpe completamente el servicio de electricidad y agua potable en la ciudad de Kabul.

Año 2013. Frecuentes cortes de suministro eléctrico nos hacen depender del generador (y cuando esto ocurre: cuidado-desconecta el calentador-desconecta el ordenador-desconecta todo lo que puedas).

El aire seco de Kabul me convierte en una acumulación andante de electricidad estática. Saltan chispas cuando rozo objetos, personas y puertas de coches.

“Sós muy eléctrica”, me decían en El Salvador, refiriéndose a mis ganas y energías de hacer mil “volados” en el mínimo tiempo posible.

Y siempre quise ser eléctrica, gaffer o jefa de eléctricos de rodajes.

WELCOME TO ELECTRICITYLAND (mi vida en Kabul)!!

domingo, 16 de febrero de 2014

Abdul quiere viajar a Irán


El guarda de los vecinos se llama Abdul y está preocupado.

Hace días ya que se pasea con el rostro compungido, retira la nieve de la puerta desganado, se siente en el taburete de plástico más tiempo de lo habitual a ver pasar las horas.

Su preocupación, me cuenta, es por su esposa, que está enferma. Abdul tiene previsto viajar a Irán para que un buen doctor le haga una revisión en condiciones a su mujer, porque los médicos afganos “sólo dicen mentiras” y “no saben nada de nada”.

Pero el salario de Abdul es sólo de 250 dólares al mes… y el viaje a Irán es muy caro. Le sugiero que, en vez de a Irán, viajen a Pakistán. Allí hay clínicas privadas de prestigio y asequibles, y el viaje y el visado son más baratos. Pero Abdul no quiere ir a Pakistán. No se fía de los médicos de allí. ¿Por qué? Porque no los entiende. ¿Por qué? Porque hablan urdu, no dari. Pero allí seguro que encuentras algún afgano que te ayude a traducir, ¿no? No, a los médicos pakistaníes no se les entiende. No se les entiende. Tengo que llevarla a Irán, donde hablan farsi y les puedo entender.

Por eso Abdul fue hace unos días a la embajada de Irán en Kabul. Le dijeron que el proceso de su visado podía tardar tres meses o más... y que no le aseguraban que lo obtuviera. Y está desanimado. Tres meses es mucho tiempo, dice, y mi mujer sigue enferma. Le han dado un informe hospitalario que ha anexado a su solicitud, para que vean que es un tema de salud y le den el visado cuanto antes. Abdul confía en Alá y en “los de la embajada”. No le queda de otra.

El guarda de los vecinos está preocupado. Y se le nota en la mirada. ¿Qué enfermedad tiene tu mujer?, le pregunto. No puede tener hijos, me contesta. Y necesitamos tener hijos pronto, ella ya tiene 37 años, ya es vieja. Por eso quiero ir a Irán, para que el médico la vea y me diga cómo curarla. Necesitamos tener hijos. Necesitamos tener hijos.

Quiero explicarle que está equivocado. Que su mujer no está enferma. Que, además, hay un 50% de posibilidades de que la imposibilidad de tener hijos tenga que ver con él, con el propio Abdul. Y que en una sola visita médica no le darán una solución mágica. Lo de no poder tener hijos, quiero decirle, es algo que requiere de tiempo y paciencia y puede ser por múltiples causas… hacen falta exámentes, revisiones… Pero mejor me callo. Si le digo que su mujer no se “curará” de inmediato, Abdul se casará con otra mujer más joven que pueda darle hijos lo antes posible. Le desgraciará la vida a su esposa. La hará infeliz. Si le digo que a lo mejor es él el que debe revisarse, Abdul ni me creerá y se sentirá muy ofendido. Y tampoco servirá de nada. Si le propongo la opción de adoptar, no dará crédito. Esto es Afganistán. Es casi una deshonra no tener hijos de tu propia sangre.

Y una vez más me quedo en silencio. Pensando con tristeza en el corazón en la mujer de Abdul, a la que ni conozco. Callada, por no irrumpir brusca y absurdamente en una cultura que no es la mía. Desanimada, porque seguramente Abdul tirará el dinero, que tanto sudor le cuesta ganar, en su viaje a Irán. Indignada, por algo que me parece terriblemente injusto, como es que su mujer sea sustituida por otra porque no sirve para lo que debe servir. Pensativa.