El guarda de los vecinos se llama Abdul y está preocupado.
Hace días ya que se pasea con el rostro compungido, retira
la nieve de la puerta desganado, se siente en el taburete de plástico más
tiempo de lo habitual a ver pasar las horas.
Su preocupación, me cuenta, es por su esposa, que está
enferma. Abdul tiene previsto viajar a Irán para que un buen doctor le haga una
revisión en condiciones a su mujer, porque los médicos afganos “sólo dicen
mentiras” y “no saben nada de nada”.
Pero el salario de Abdul es sólo de 250 dólares al mes… y el
viaje a Irán es muy caro. Le sugiero que, en vez de a Irán, viajen a Pakistán.
Allí hay clínicas privadas de prestigio y asequibles, y el viaje y el visado
son más baratos. Pero Abdul no quiere ir a Pakistán. No se fía de los médicos
de allí. ¿Por qué? Porque no los entiende. ¿Por qué? Porque hablan urdu, no
dari. Pero allí seguro que encuentras algún afgano que te ayude a traducir,
¿no? No, a los médicos pakistaníes no se les entiende. No se les entiende.
Tengo que llevarla a Irán, donde hablan farsi y les puedo entender.
Por eso Abdul fue hace unos días a la embajada de Irán en
Kabul. Le dijeron que el proceso de su visado podía tardar tres meses o más... y que no le aseguraban que lo obtuviera. Y
está desanimado. Tres meses es mucho tiempo, dice, y mi mujer sigue enferma. Le han dado
un informe hospitalario que ha anexado a su solicitud, para que vean que es
un tema de salud y le den el visado cuanto antes. Abdul confía en Alá y en “los
de la embajada”. No le queda de otra.
El guarda de los vecinos está preocupado. Y se le nota en la
mirada. ¿Qué enfermedad tiene tu mujer?, le pregunto. No puede tener hijos, me
contesta. Y necesitamos tener hijos pronto, ella ya tiene 37 años, ya es vieja.
Por eso quiero ir a Irán, para que el médico la vea y me diga cómo curarla.
Necesitamos tener hijos. Necesitamos tener hijos.
Quiero explicarle que está equivocado. Que su mujer no está
enferma. Que, además, hay un 50% de posibilidades de que la imposibilidad de
tener hijos tenga que ver con él, con el propio Abdul. Y que en una sola visita
médica no le darán una solución mágica. Lo de no poder tener hijos, quiero
decirle, es algo que requiere de tiempo y paciencia y puede ser por múltiples
causas… hacen falta exámentes, revisiones… Pero mejor me callo. Si le digo que
su mujer no se “curará” de inmediato, Abdul se casará con otra mujer más joven
que pueda darle hijos lo antes posible. Le desgraciará la vida a su esposa. La
hará infeliz. Si le digo que a lo mejor es él el que debe revisarse, Abdul ni
me creerá y se sentirá muy ofendido. Y tampoco servirá de nada. Si le propongo
la opción de adoptar, no dará crédito. Esto es Afganistán. Es casi una deshonra
no tener hijos de tu propia sangre.
Y una vez más me quedo en silencio. Pensando con tristeza en
el corazón en la mujer de Abdul, a la que ni conozco. Callada, por no irrumpir
brusca y absurdamente en una cultura que no es la mía. Desanimada, porque seguramente Abdul tirará el dinero, que tanto sudor le cuesta ganar, en su viaje a Irán. Indignada, por
algo que me parece terriblemente injusto, como es que su mujer sea sustituida por otra porque no sirve para lo que debe servir. Pensativa.