¿POR QUÉ “ELECTRICITYLAND”?

Años 90. Se interrumpe completamente el servicio de electricidad y agua potable en la ciudad de Kabul.

Año 2013. Frecuentes cortes de suministro eléctrico nos hacen depender del generador (y cuando esto ocurre: cuidado-desconecta el calentador-desconecta el ordenador-desconecta todo lo que puedas).

El aire seco de Kabul me convierte en una acumulación andante de electricidad estática. Saltan chispas cuando rozo objetos, personas y puertas de coches.

“Sós muy eléctrica”, me decían en El Salvador, refiriéndose a mis ganas y energías de hacer mil “volados” en el mínimo tiempo posible.

Y siempre quise ser eléctrica, gaffer o jefa de eléctricos de rodajes.

WELCOME TO ELECTRICITYLAND (mi vida en Kabul)!!

lunes, 17 de marzo de 2014

Desconectando en Bamyan


El silencio. Lo absoluto. El blanco de la nieve resplandeciente me deslumbra. La paz me sobrecoge. Sólo oigo mi propia respiración y el sonido suave de mis esquís deslizándose, deslizándose. De pronto, un crujido intensificado por el eco. Un crujido que va repitiéndose y resuena hasta el horizonte de este lago congelado. 




Pregunto al guía, afgano, si hay riesgo de que el hielo se resquebraje. Me asegura que no. Los crujidos, sin embargo, ponen los pelos de punta. Pero no son suficiente para romper esta paz profunda.

Estoy en Band-e Amir, en las montañas del Hindu Kush, en la provincia de Bamyan. Camino sobre unos esquís para evitar hundirme en la nieve. Estoy en Afganistán, me repito a mí misma, el país del mundo que más se asocia con la palabra “guerra”. Y nunca había sentido tanta paz como en este rincón del mundo, tanta armonía, tanta calma, tantas buenas vibras.

He viajado a la provincia de Bamyan para pasar un fin de semana largo, aprovechando que, por cuarto año consecutivo, se celebra el 4th Afghan Ski Challenge.  No es común en Afganistán la celebración de eventos internacionales de este tipo, dada la situación de inseguridad en el país. Pero ya en la inauguración del campeonato, el jefe de policía de la provincia de Bayman se jacta de liderar la seguridad en la única ciudad afgana libre de ataques. Y sí, en Bayman se respira lo opuesto a Kabul: la calma, la paz, las buenas energías, la hospitalidad de sus habitantes.

Bayman es conocido internacionalmente por sus Budas, dos estatuas gigantescas que los talibán destruyeron en 2001 por ser consideradas ídolos y, por tanto, contrarios al Corán. Los Budas de Bamyan habían permanecido intactos desde su construcción un milenio y medio antes, dominaban el paisaje y eran todo un símbolo de arte antiguo. El trabajo de destrucción fue complicado, se necesitó dinamita y disparos desde tanques, una semana entera hasta consumar la destrucción. El ministro de Información talibán de la época, unta tal Jamai, declaró textualmente: “No se puede bombardear así como así las estatuas, puesto que ambas fueron talladas en un acantilado, están firmemente pegadas a la montaña”.  El atentado de destrucción de los Budas fue duramente condenado por la comunidad internacional.

(los Budas en el siglo XIX)


Trece años después, los nichos recuerdan el lugar que ocuparon los Budas. Ya no hay estatuas, pero estos dos inmensos agujeros igualmente dominan el paisaje y se pueden ver desde muchos puntos de la ciudad. Y tienen un aire mágico, casi espiritual, que contagia a toda la ciudad y a sus habitantes de la etnia hazara. Y a nosotros, los extranjeros que estamos aquí con motivo de la competición de esquí.



En el Ski Challenge participan 38 hombres y 8 mujeres (en dos días diferentes). Lejos de los telesillas o telearrastres que se vienen a la mente al pensar en una competición de esquí, la gran dificultad del circuito es subir hasta la cima de la montaña, con raquetas o esquís recubiertos de una piel especial para no deslizarse montaña abajo. La mayoría de afganos usan esquís manofacturados de madera, que contrastan con los equipos modernos de los participantes extranjeros. 


Bayman ha supuesto un punto de inflexión en los pocos meses que me quedan para abandonar Afganistán. En Bamyan he recobrado energías, he disfrutado del sol que quema, de las montañas, del aire libre, del deporte, de la paz, de la ausencia de guerra.

El lago de Band-E Amir, pese a los crujidos, permanece congelado. Tardará dos meses, dicen, en volver a su estado natural, líquido, azul profundo, listo para nadar. 




domingo, 16 de febrero de 2014

Abdul quiere viajar a Irán


El guarda de los vecinos se llama Abdul y está preocupado.

Hace días ya que se pasea con el rostro compungido, retira la nieve de la puerta desganado, se siente en el taburete de plástico más tiempo de lo habitual a ver pasar las horas.

Su preocupación, me cuenta, es por su esposa, que está enferma. Abdul tiene previsto viajar a Irán para que un buen doctor le haga una revisión en condiciones a su mujer, porque los médicos afganos “sólo dicen mentiras” y “no saben nada de nada”.

Pero el salario de Abdul es sólo de 250 dólares al mes… y el viaje a Irán es muy caro. Le sugiero que, en vez de a Irán, viajen a Pakistán. Allí hay clínicas privadas de prestigio y asequibles, y el viaje y el visado son más baratos. Pero Abdul no quiere ir a Pakistán. No se fía de los médicos de allí. ¿Por qué? Porque no los entiende. ¿Por qué? Porque hablan urdu, no dari. Pero allí seguro que encuentras algún afgano que te ayude a traducir, ¿no? No, a los médicos pakistaníes no se les entiende. No se les entiende. Tengo que llevarla a Irán, donde hablan farsi y les puedo entender.

Por eso Abdul fue hace unos días a la embajada de Irán en Kabul. Le dijeron que el proceso de su visado podía tardar tres meses o más... y que no le aseguraban que lo obtuviera. Y está desanimado. Tres meses es mucho tiempo, dice, y mi mujer sigue enferma. Le han dado un informe hospitalario que ha anexado a su solicitud, para que vean que es un tema de salud y le den el visado cuanto antes. Abdul confía en Alá y en “los de la embajada”. No le queda de otra.

El guarda de los vecinos está preocupado. Y se le nota en la mirada. ¿Qué enfermedad tiene tu mujer?, le pregunto. No puede tener hijos, me contesta. Y necesitamos tener hijos pronto, ella ya tiene 37 años, ya es vieja. Por eso quiero ir a Irán, para que el médico la vea y me diga cómo curarla. Necesitamos tener hijos. Necesitamos tener hijos.

Quiero explicarle que está equivocado. Que su mujer no está enferma. Que, además, hay un 50% de posibilidades de que la imposibilidad de tener hijos tenga que ver con él, con el propio Abdul. Y que en una sola visita médica no le darán una solución mágica. Lo de no poder tener hijos, quiero decirle, es algo que requiere de tiempo y paciencia y puede ser por múltiples causas… hacen falta exámentes, revisiones… Pero mejor me callo. Si le digo que su mujer no se “curará” de inmediato, Abdul se casará con otra mujer más joven que pueda darle hijos lo antes posible. Le desgraciará la vida a su esposa. La hará infeliz. Si le digo que a lo mejor es él el que debe revisarse, Abdul ni me creerá y se sentirá muy ofendido. Y tampoco servirá de nada. Si le propongo la opción de adoptar, no dará crédito. Esto es Afganistán. Es casi una deshonra no tener hijos de tu propia sangre.

Y una vez más me quedo en silencio. Pensando con tristeza en el corazón en la mujer de Abdul, a la que ni conozco. Callada, por no irrumpir brusca y absurdamente en una cultura que no es la mía. Desanimada, porque seguramente Abdul tirará el dinero, que tanto sudor le cuesta ganar, en su viaje a Irán. Indignada, por algo que me parece terriblemente injusto, como es que su mujer sea sustituida por otra porque no sirve para lo que debe servir. Pensativa.

viernes, 31 de enero de 2014

Que nunca llueve a gusto de todos


En diciembre hicimos una pausa, un “break” como se viene en decir si trabajas con influencia del inglés, y estuvimos de vacaciones en España. Nos habían llenado el cuerpo de miedo, diciéndonos que a nuestro regreso moriríamos literalmente de frío, en esta ciudad que se encuentra a casi 1.900 metros de altura y que está rodeada de montañas, donde las casas no están aisladas del exterior, donde parece ser que todos los inviernos un manto de nieve cubre la ciudad y donde los coches patinan por el hielo provocando decenas de accidentes al día.

Nos dijeron que había que aprovisionarse de leña para las calefacciones, que había que tener cuidado y no dejar el grifo totalmente cerrado por las noches, pues las cañerías se congelan y si no corre un hilillo de agua revientan. Nos dijeron que un simple anorak de toda la vida no servía, que había que venir con ropa de invierno antártico, llevar camisetas térmicas, cubrir las ventanas de plástico. Que los proyectos se paralizaban por el frío, que necesitábamos dos edredones y triple manta, que los calcetines normales no eran suficiente.

El siete de enero, como buenos consumidores occidentales, estábamos puntualmente en el Decathlon, invirtiendo en ropa de abrigo de rebajas, con la idea de minimizar el sufrimiento del terrible invierno que nos esperaba en Kabul, más teniendo en cuenta que nuestros anteriores inviernos habían sido en el Trópico, donde los veinte grados centígrados ya son noticia en el periódico y se consideran una ola de frío.

El invierno que nos hemos encontrado en Kabul, sin embargo, es suave comparado con lo que esperábamos. Casi todos los días brilla el sol, no ha nevado desde que llegamos, y aunque algunas noches hemos rozado los cero grados, a la luz del día es comparable a un invierno de los fríos en Barcelona. Llevamos un par de días sin encender el “boohari” en la habitación y las botas que nos compramos para frío extremo nos dan demasiado calor. 

Aunque se espera una bajada de las temeraturas para los próximos días, e incluso se han anunciado lluvias y nevadas, si no cambia el clima drásticamente, éste será recordado como uno de los inviernos más calurosos de Kabul. Y aunque para mí esto es una suerte, la población afgana está preocupada: sin frío no hay nieve, sin nieve no hay deshielo, sin deshielo no hay agua, sin agua los campos no producen. Resumiendo: las tropas se retiran, el país se convulsiona, las elecciones vaticinan ataques violentos, el trabajo se ha paralizado por el contexto político… y lo único que le faltaba a Afganistán para coronar este desastre es tener un año de malas cosechas y menor producción agrícola y, por tanto, económica. Que nunca llueve a gusto de todos está claro… pero es que aquí, este año, simplemente no llueve.

Así que, en contra de mis intereses personales, cruzo los dedos para que cambie de verdad la temperatura, para que el termómetro marque negativo y para que la ciudad se cubra de nieve y hielo. Para congelarme, vaya. 


viernes, 25 de octubre de 2013

Y decidió quitarse la vida.


Su padre era adicto al juego, como tantos hombres afganos, y entre apuesta y apuesta perdió el trabajo, todos los ahorros, la casa y aquel pedacito de tierra.

Su padre era adicto al juego, como tantos hombres afganos, y se reunía con sus amigotes de noche y en secreto, porque el islam prohíbe tajantemente cualquier práctica relacionada con las apuestas.

Su padre era adicto al juego y en aquella partida ya no tenía nada que apostar. Aún así, jugó. Y volvió a perder. Así que la entregó al ganador de la noche el día que ella cumplía 13 años. La boda fue un mes después.

El ganador de la noche tenía la edad de su padre y era como su padre: jugador, violento, sin escrúpulos. Desde el primer día puso las cosas claras. Tú me perteneces porque te he ganado jugando, así que serás mi esclava, mi servidora. Tendré sexo con otras, podré casarme con otras, y tú les servirás a ellas como me tienes que servir a mí. Lo hagas bien o lo hagas mal, te daré palizas a menudo, para recordarte que eres poco más que un objeto que respira para mí.

Y ella decidió quitarse la vida.

Quisiera que fuera excepcional. Quisiera que me hubieran contado esto como una anécdota, algo ocurrido en la época talibán, algo que alguien le contó a alguien y se convirtió en una leyenda urbana: “la hija del amigo de un primo de un conocido…”. Pero no. Esta historia es común en Afganistán. Es frecuente. Es reiterada.

El 10 de septiembre de este año, coincidiendo con el Día para la Prevención del Suicidio, el Ministerio de Salud Pública de Afganistán presentó un informe con ese tipo de datos que te ponen la piel de gallina involuntariamente. El primero: Afganistán es el único país del mundo donde se suicidan más mujeres que hombres (el 95 por ciento de los casos son mujeres). Sólo en 2012, se quitaron la vida 2.500 mujeres. Según Fawzia Nawabi, de la Comisión Independiente de Derechos Humanos, los datos no oficiales (los reales) son mucho más escalofriantes, pues muchos suicidos ni siquiera se registran por ser una vergüenza para las familias.

Las entidades que trabajan en Derechos Humanos en Afganistán coinciden en que la causa principal de la alta tasa de suicidios femeninos es el matrimonio forzado e infantil y lo que éste implica: violencia sistemática, física y psicológica, contra las mujeres.

Según datos del último informe semestral de UNAMA (la Misión de las Naciones Unidas para Afganistán) los casos de violencia doméstica en Afganistán aumentaron en 2013 respecto al año 2012. La violencia contra las mujeres en la esfera privada es tan habitual que ni siquiera se etiqueta como “violencia”.  Que ni siquiera es un hecho relevante para nadie. Pero es tan relevante que aumenta de año en año.

Y mientras aumenta, las grandes agencias de cooperación y la comunidad internacional se llenan la boca con resultados logrados: los derechos de las mujeres siguen mejorando de forma lenta pero segura en Afganistán, dicen.  Y yo quisiera contarles tantas cosas… tantas cosas que nunca van a escuchar.

viernes, 11 de octubre de 2013

El sentido de ser un número en Afganistán.


Estamos en la segunda fase del proyecto y hoy empezamos a llenar las hojas de registro. Las mujeres interesadas tienen que contestar una serie de preguntas, entre ellas su fecha de nacimiento y su edad.  Karima, como la gran mayoría, me responde “no lo sé”. Ya sabía que sería difícil conseguir sus fechas occidentales de nacimiento, pero es que sólo dos o tres aciertan a decirme su edad. Un par de días antes, ocurrió lo mismo con un grupo de chicos jóvenes y universitarios. Como mucho, y con expresión altamente dubitativa, farfullaban el año de nacimiento según calendario persa. No sabían su edad.

Pido que me enseñen su “tazkera”, que vendría a ser con el DNI o el DUI afgano. En el documento aparece la fecha de nacimiento, pero según casi todo el mundo esa fecha es pura ficción. Cuando llegas a hacerte la “tazkera”, me dicen, el funcionario de turno se inventa la fecha.  Y punto. ¿Y la partida de nacimiento?, pregunto. Evidentmente, me miran como si yo fuera extraterrestre. ¿Partida de nacimiento? ¿En Afganistán?

En Afganistán no hay registros de nacimiento. Mucho menos, registros de matrimonio (con lo que resulta totalmente imposible controlar los matrimonios infantiles, ilegales en el país pero tan extendidos). Muchísimo menos aún, registros de defunción. Consulto las habituales fuentes de datos demográficos en internet:  no hay consenso. La cifra se mueve entre los 26 y los 32 millones de habitantes.  Evidentemente, tampoco existe consenso sobre los porcentajes étnicos. Es decir, resumiendo, en Afganistán, no hay nada parecido a un censo oficial.

¿Es importante que Karima sepa qué día nació? ¿Es vital para su supervivencia? ¿O es mi mirada occidentalizada la que se escandaliza por una falta de datos que no dejan de ser superfluos? Llevo días dándole vueltas al asunto.

Y concluyo: si bien para Karima, aparentemente, no es vital conocer su propio día de nacimiento…  ¿cómo se puede conocer realmente el impacto de la intervención internacional de los últimos 12 ó 13 años sin tener cifras concretas? ¿cómo se puede hablar de transparencia electoral si ni siquiera se conoce el número de votantes potenciales? ¿cómo se puede controlar la correcta distribución de las ayudas sin datos desagregados? ¿cómo puede ser que las grandes agencias internacionales, que han despilfarrado millones y millones de euros en este país, no se hayan preocupado por tener un instrumento básico que garantice la medición del impacto de sus acciones? ¿cómo voy a saber cuánta gente ha mejorado sus condiciones de vida si ni siquiera tengo una cifra previa para establecer una línea de base? ¿cómo se denuncia un matrimonio infantil si no hay ni un documento oficial que lo constate?

Todas las Agencias de Cooperación que abren convocatorias para subvencionar proyectos de ONGs pequeñas (como la mía) obligan a establecer líneas de base para medir el impacto. Dame el número exacto de beneficiarias. Contabilízame las acciones. Mide el impacto numérico que han tenido dichas acciones sobre las beneficiarias. Ah, pero ninguno de estos monstruos de la Cooperación parece haber comprendido la importancia de aportar fondos y recursos para la elaboración de un censo real. Es una gran oportunidad perdida.

Según parece, en 2008 se inició el primer censo en Afganistán. El propio gobierno lo abortó, alegando problemas de seguridad. Hoy, en 2013, de la mano de las Naciones Unidas, concretamente del UNFPA, se ha iniciado un nuevo censo. Tomará, dicen, 6 largos años finalizarlo. Pero como nadie sabe qué ocurrirá en este país tras la retirada de las tropas internacionales y las elecciones de 2014, quizás nunca se termine. O quizás los seis años se dupliquen. En los cuestionarios diseñados para el censo, no se pregunta a qué grupo étnico pertenecen las personas, ni tampoco cuál es su idioma (relacionado totalmente con el grupo étnico) para no herir susceptibilidades. Si en un distrito el resultado fuera, por decir algo, una mayoría de hazaras, los pasthunes de la zona desacreditarían los resultados y dirían que el censo no sirve. Y eso, Naciones Unidas no se lo va a permitir.  Así que, por primera vez desde 1979, se están haciendo encuestas distrito por distrito, casa por casa, y el cuestionario ni siquiera contempla una de las informaciones más relevantes para la población afgana.

La seguridad en muchas provincias de Afganistán, actualmente, imposibilita ser optimista en relación a este censo. Ir en nombre de Naciones Unidas preguntando por las casas en según que lugares es una muerte segura. Hace unos años, esto no era así.

Probablemente, si la necesidad de un censo se hubiera visto antes, se hubiera podido conseguir. La seguridad en las provincias hace siete u ocho años era muchísimo mejor. Quizás, la distribución de las ayudas internacionales hubiera sido más justa. La cooperación exterior hubiera tenido más sentido… o mejor dicho, hubiera tenido sentido.

Karima, probablemente, seguiría sin saber su edad, pero a lo mejor habría sido contabilizada como beneficiaria potencial de un hospital en su distrito. O de una escuela para sus hijos. Ser un número además de una persona, muchas veces sí sirve de algo. Por lo menos en Afganistán. 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

El significado de las balas.



El 12 de septiembre sabe a resaca dulce en Kabul. Sabe al cansancio del “día después”, de la celebración que te deja exhausto pero satisfecho, del espejismo de una felicidad concentrada durante unas pocas horas que podría durar para siempre.

Ayer por la noche, 11 de septiembre, las calles de Kabul se llenaron de gente (hombres exclusivamente, por supuesto) celebrando, bailando, cantando, ondeando banderas nacionales.  Se oían disparos al aire, risas y música a todo volumen en las casas de los vecinos. Y muchos gritos de “Afghanistan, Afghanistan, Afghanistaaaaaan!!”.

La fecha era pura casualidad. En realidad, a la población afgana le importa poco el recuerdo del 11S. Durante la época talibán, recordemos, la televisión estaba prohibida en este país. Casi nadie vio las imágenes de las Torres Gemelas despedazándose. Y aún hoy, tantos años después, la mayoría de agfanos y afganas no saben qué es el tan archiconocido 11S, a pesar de que conmemora algo que a ellos les afectó de lleno.

No, lo de ayer era otra cosa. La selección de fútbol afgana ganaba, por primera vez, un título internacional: la Copa Surasia. Final contra India, vencedora en seis ocasiones del torneo, en Katmandú. Resultado-final-Afganistán-dos-India-cero. Y luego, la alegría Los tiros. Los gritos. La música. La felicidad en los rostros. Euforia. Euforia. Euforia.

En la calle, me cuentan (las normas de seguridad me impidieron vivirlo en primera persona), se mezclaron afganos de todas las etnias a celebrar. Lo veo en imágenes por la tele: hazaras, tayikos, pastunes… dando saltos a la vez. Un hecho sin precedentes en Afganistán, una celebración conjunta.  Lo primero que me dice mi traductor esta mañana es justamente eso: “Ayer, por primera vez en la vida, vi a gente de todas las etnias celebrando a la vez en las calles”. Histórico, sin lugar a dudas.

Y luego la reflexión barata (mi discurso habitual): todo esto por un deporte, por el fútbol. Si pusiéramos la misma pasión a las cuestiones políticas blablabla. Si lográramos esta unión entre etnias en Afganistán de manera permanente blablabla. Si la gente saliera a la calle a celebrar más a menudo blablabla. La frivolidad del fútbol blablabla. El dinero que mueve blablabla.

Hoy, la verdad, doy la espalda a estos argumentos (seguramente será sólo hoy, quién sabe). Es tan poco frecuente ver a la población afgana feliz, celebrando, unida… A pesar de los disparos al aire, no se ha informado de accidentes.  La gente sigue sonriente. En la oficina hemos dejado encendida la tele, para ver el especial que se emite. La presentadora cubre sus cabellos con un velo con los colores de la bandera afgana. Los jugadores siguen bailando en las calles. Por un día, como un sueño pasajero, no está mal esta pseudo-armonía nacional. Mañana, lo sé, todo volverá a ser lo que fue. Y las balas en Afganistán volverán a significar lo de siempre.


(Photo: Rahmat Gul, AP. Fuente: www.usatoday.com)

viernes, 19 de julio de 2013

Un lago sin mujeres.





 “Me da la impresión de que en Kabul vives en una continua incertidumbre”, me dice mi amiga Carla a través de whatsapp cuando le cuento que no, que no hemos podido irnos a la India hoy como estaba previsto porque la mayoría de vuelos que salían del aeropuerto de Kabul han sido cancelados por motivos de seguridad. Efectivamente, vivimos en la incertidumbre. De hecho aún no sabemos si mañana podremos volar. Pero al mal tiempo, buena cara: estamos de vacaciones, en Kabul o en New Delhi, así que hemos aprovechado para conocer algo más del lado turístico de Kabul (difícil de encontrar de buenas a primeras, pero existente).

A nueve kilómetros de Kabul se encuentra el lago Qargha.  Es una presa artificial de gran extensión, de lejos de color azul clarito casi turquesa, de cerca más bien marrón, que se utiliza para suministrar agua a la ciudad pero, sobre todo, como centro recreativo.

A medida que nos acercamos al lago, a orillas de la carretera, vamos viendo tenderetes donde se venden colchonetas, gafas de bucear, piscinas hinchables y flotadores en forma de pato. Curioso, me digo a mí misma. Son los mismos artículos que te encuentras cuando te acercas a Lloret de Mar, a Peñíscola o al Tunco (El Salvador). La globalización playera está presente en Kabul, a pesar de estar en un país que no tiene acceso al mar.

Al entrar al recinto del lago, lo primero que distingo son patines (de esos de pedalar en el agua) con forma de cisnes gigantes… bastante horteras para mi gusto occidental, debo decir. Hay norias a la orilla del lago, atracciones de feria, tenderetes diversos y restaurantes.

En la orilla del lago, muchísima gente bañándose. Un niño vende sobrecitos de champú y veo a varias personas restregándose a fondo el cuerpo y el pelo… y dejando los restos jabonosos en el lago, por supuesto. Hay grupitos de gente charlando, mojándose los pies, jugando con la tierra, salpicándose en broma unos a otros… gente bajo la sombrilla contándose la vida, gente relajada mirando el hermoso paisaje. El terreno es un poco abrupto, pero no asusta a los afganos para llegar hasta la orilla con sus coches y motos, hasta que las ruedas se meten en el agua. Una vez allí, sacan paños, esponjas y toallas y lavan a fondo los vehículos. El lago de Qargha es tren de lavado, baño público y muchas cosas más a la vez.

La gente se ve tranquila, contenta. No hay tensión. No hay ninguna sensación de peligro. Es más, extrañamente en este país, casi nadie repara en nosotros ni nos hace mucho caso, pese a ser evidentemente extranjeros. La escena de la orilla del lago es casi bucólica, paradisíaca… Pero falta algo. Y es algo muy importante. Hay adultos. Hay gente mayor. Hay niños. Hay jolgorio y diversión. Pero no hay ni una mujer. Y no es que esté prohibida la entrada para las mujeres, ni mucho menos. Pero en Afganistán, a menudo, parece que sólo los hombres pueden disfrutar de momentos de ocio, que la diversión sólo está permitida para ellos.

Mientras hablamos sobre esta triste realidad, vemos cómo un coche lleno de gente se acerca a la orilla. Distinguimos en el interior un conductor (hombre), un copiloto (adolescente), ocho niños y una sola mujer cubiera con un burqa.

Y yo digo: “¡Por fin, una mujer! Ya veréis cómo se quita el burqa y acompaña a su familia al lago”. Juan y Mario me contestan: “Ya verás como no”. Pero yo creo firmemente que lo hará.

Empieza el desfile. Salen del coche los ocho niños (ni una niña), el adolescente, el padre… Los niños se acercan a la orilla, se quedan en bañador o calzoncillos, juegan a salpicarse, a zambullirse. Se ríen. El padre los vigila de cerca, mientras habla con otros hombres.

En el interior del vehículo, la mancha azul que es la mujer, apoya la cabeza contra el cristal. ¿Qué estará pensando?, me pregunto. ¿Será normal para ella tener que ver desde la distancia a sus hijos jugando? ¿O estará rabiando como rabio yo al ver la situación? ¿Estará resignada? ¿Estará tranquila? ¿Estará pensando que mejor se hubiera quedado en casa? ¿Se preguntará lo que yo me pregunto, es decir, si alguno de sus hijos se plantea la absuridad de la situación? ¿Me verá a mí, mujer, con los pies en el agua, y reflexionará sobre sus libertades y las mías? ¿O me verá a mí, mujer como ella, libremente charlando con dos hombres y con claras muestras de confianza y pensará que soy una libertina?

Reprimo las ganas de ir hacia el coche; de abrir la puerta bruscamente y sentarme a su lado; de intentar comunicarme con ella; de preguntarle lo impregunable  y de intentar entender desde dentro, sin prejuicios, tantas cosas de este país que todavía no entiendo.