Estamos en la segunda fase del proyecto y hoy empezamos a
llenar las hojas de registro. Las mujeres interesadas tienen que contestar una
serie de preguntas, entre ellas su fecha de nacimiento y su edad. Karima, como la gran mayoría, me responde “no
lo sé”. Ya sabía que sería difícil conseguir sus fechas occidentales de
nacimiento, pero es que sólo dos o tres aciertan a decirme su edad. Un par de
días antes, ocurrió lo mismo con un grupo de chicos jóvenes y universitarios.
Como mucho, y con expresión altamente dubitativa, farfullaban el año de
nacimiento según calendario persa. No sabían su edad.
Pido que me enseñen su “tazkera”, que vendría a ser con el
DNI o el DUI afgano. En el documento aparece la fecha de nacimiento, pero según
casi todo el mundo esa fecha es pura ficción. Cuando llegas a hacerte la “tazkera”,
me dicen, el funcionario de turno se inventa la fecha. Y punto. ¿Y la partida de nacimiento?,
pregunto. Evidentmente, me miran como si yo fuera extraterrestre. ¿Partida de
nacimiento? ¿En Afganistán?
En Afganistán no hay registros de nacimiento. Mucho menos,
registros de matrimonio (con lo que resulta totalmente imposible controlar los
matrimonios infantiles, ilegales en el país pero tan extendidos). Muchísimo
menos aún, registros de defunción. Consulto las habituales fuentes de datos
demográficos en internet: no hay
consenso. La cifra se mueve entre los 26 y los 32 millones de habitantes. Evidentemente, tampoco existe consenso sobre
los porcentajes étnicos. Es decir, resumiendo, en Afganistán, no hay nada parecido
a un censo oficial.
¿Es importante que Karima sepa qué día nació? ¿Es vital para
su supervivencia? ¿O es mi mirada occidentalizada la que se escandaliza por una
falta de datos que no dejan de ser superfluos? Llevo días dándole vueltas al
asunto.
Y concluyo: si bien para Karima, aparentemente, no es vital
conocer su propio día de nacimiento…
¿cómo se puede conocer realmente el impacto de la intervención
internacional de los últimos 12 ó 13 años sin tener cifras concretas? ¿cómo se
puede hablar de transparencia electoral si ni siquiera se conoce el número de
votantes potenciales? ¿cómo se puede controlar la correcta distribución de las
ayudas sin datos desagregados? ¿cómo puede ser que las grandes agencias
internacionales, que han despilfarrado millones y millones de euros en este
país, no se hayan preocupado por tener un instrumento básico que garantice la
medición del impacto de sus acciones? ¿cómo voy a saber cuánta gente ha
mejorado sus condiciones de vida si ni siquiera tengo una cifra previa para
establecer una línea de base? ¿cómo se denuncia un matrimonio infantil si no
hay ni un documento oficial que lo constate?
Todas las Agencias de Cooperación que abren convocatorias
para subvencionar proyectos de ONGs pequeñas (como la mía) obligan a establecer
líneas de base para medir el impacto. Dame el número exacto de beneficiarias.
Contabilízame las acciones. Mide el impacto numérico que han tenido dichas
acciones sobre las beneficiarias. Ah, pero ninguno de estos monstruos de la
Cooperación parece haber comprendido la importancia de aportar fondos y recursos para la
elaboración de un censo real. Es una gran oportunidad perdida.
Según parece, en 2008 se inició el primer censo en
Afganistán. El propio gobierno lo abortó, alegando problemas de seguridad. Hoy,
en 2013, de la mano de las Naciones Unidas, concretamente del UNFPA, se ha
iniciado un nuevo censo. Tomará, dicen, 6 largos años finalizarlo. Pero como
nadie sabe qué ocurrirá en este país tras la retirada de las tropas
internacionales y las elecciones de 2014, quizás nunca se termine. O quizás los
seis años se dupliquen. En los cuestionarios diseñados para el censo, no se
pregunta a qué grupo étnico pertenecen las personas, ni tampoco cuál es su
idioma (relacionado totalmente con el grupo étnico) para no herir
susceptibilidades. Si en un distrito el resultado fuera, por decir algo, una
mayoría de hazaras, los pasthunes de la zona desacreditarían los resultados y
dirían que el censo no sirve. Y eso, Naciones Unidas no se lo va a
permitir. Así que, por primera vez desde
1979, se están haciendo encuestas distrito por distrito, casa por casa, y el
cuestionario ni siquiera contempla una de las informaciones más relevantes para
la población afgana.
La seguridad en muchas provincias de Afganistán,
actualmente, imposibilita ser optimista en relación a este censo. Ir en nombre
de Naciones Unidas preguntando por las casas en según que lugares es una muerte
segura. Hace unos años, esto no era así.
Probablemente, si la necesidad de un censo se hubiera visto
antes, se hubiera podido conseguir. La seguridad en las provincias hace siete u
ocho años era muchísimo mejor. Quizás, la distribución de las ayudas
internacionales hubiera sido más justa. La cooperación exterior hubiera tenido
más sentido… o mejor dicho, hubiera tenido sentido.
Karima, probablemente, seguiría sin saber su edad, pero a lo
mejor habría sido contabilizada como beneficiaria potencial de un hospital en
su distrito. O de una escuela para sus hijos. Ser un número además de una
persona, muchas veces sí sirve de algo. Por lo menos en Afganistán.
A ti te censamos, con "retraso".
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