¿POR QUÉ “ELECTRICITYLAND”?

Años 90. Se interrumpe completamente el servicio de electricidad y agua potable en la ciudad de Kabul.

Año 2013. Frecuentes cortes de suministro eléctrico nos hacen depender del generador (y cuando esto ocurre: cuidado-desconecta el calentador-desconecta el ordenador-desconecta todo lo que puedas).

El aire seco de Kabul me convierte en una acumulación andante de electricidad estática. Saltan chispas cuando rozo objetos, personas y puertas de coches.

“Sós muy eléctrica”, me decían en El Salvador, refiriéndose a mis ganas y energías de hacer mil “volados” en el mínimo tiempo posible.

Y siempre quise ser eléctrica, gaffer o jefa de eléctricos de rodajes.

WELCOME TO ELECTRICITYLAND (mi vida en Kabul)!!

viernes, 11 de octubre de 2013

El sentido de ser un número en Afganistán.


Estamos en la segunda fase del proyecto y hoy empezamos a llenar las hojas de registro. Las mujeres interesadas tienen que contestar una serie de preguntas, entre ellas su fecha de nacimiento y su edad.  Karima, como la gran mayoría, me responde “no lo sé”. Ya sabía que sería difícil conseguir sus fechas occidentales de nacimiento, pero es que sólo dos o tres aciertan a decirme su edad. Un par de días antes, ocurrió lo mismo con un grupo de chicos jóvenes y universitarios. Como mucho, y con expresión altamente dubitativa, farfullaban el año de nacimiento según calendario persa. No sabían su edad.

Pido que me enseñen su “tazkera”, que vendría a ser con el DNI o el DUI afgano. En el documento aparece la fecha de nacimiento, pero según casi todo el mundo esa fecha es pura ficción. Cuando llegas a hacerte la “tazkera”, me dicen, el funcionario de turno se inventa la fecha.  Y punto. ¿Y la partida de nacimiento?, pregunto. Evidentmente, me miran como si yo fuera extraterrestre. ¿Partida de nacimiento? ¿En Afganistán?

En Afganistán no hay registros de nacimiento. Mucho menos, registros de matrimonio (con lo que resulta totalmente imposible controlar los matrimonios infantiles, ilegales en el país pero tan extendidos). Muchísimo menos aún, registros de defunción. Consulto las habituales fuentes de datos demográficos en internet:  no hay consenso. La cifra se mueve entre los 26 y los 32 millones de habitantes.  Evidentemente, tampoco existe consenso sobre los porcentajes étnicos. Es decir, resumiendo, en Afganistán, no hay nada parecido a un censo oficial.

¿Es importante que Karima sepa qué día nació? ¿Es vital para su supervivencia? ¿O es mi mirada occidentalizada la que se escandaliza por una falta de datos que no dejan de ser superfluos? Llevo días dándole vueltas al asunto.

Y concluyo: si bien para Karima, aparentemente, no es vital conocer su propio día de nacimiento…  ¿cómo se puede conocer realmente el impacto de la intervención internacional de los últimos 12 ó 13 años sin tener cifras concretas? ¿cómo se puede hablar de transparencia electoral si ni siquiera se conoce el número de votantes potenciales? ¿cómo se puede controlar la correcta distribución de las ayudas sin datos desagregados? ¿cómo puede ser que las grandes agencias internacionales, que han despilfarrado millones y millones de euros en este país, no se hayan preocupado por tener un instrumento básico que garantice la medición del impacto de sus acciones? ¿cómo voy a saber cuánta gente ha mejorado sus condiciones de vida si ni siquiera tengo una cifra previa para establecer una línea de base? ¿cómo se denuncia un matrimonio infantil si no hay ni un documento oficial que lo constate?

Todas las Agencias de Cooperación que abren convocatorias para subvencionar proyectos de ONGs pequeñas (como la mía) obligan a establecer líneas de base para medir el impacto. Dame el número exacto de beneficiarias. Contabilízame las acciones. Mide el impacto numérico que han tenido dichas acciones sobre las beneficiarias. Ah, pero ninguno de estos monstruos de la Cooperación parece haber comprendido la importancia de aportar fondos y recursos para la elaboración de un censo real. Es una gran oportunidad perdida.

Según parece, en 2008 se inició el primer censo en Afganistán. El propio gobierno lo abortó, alegando problemas de seguridad. Hoy, en 2013, de la mano de las Naciones Unidas, concretamente del UNFPA, se ha iniciado un nuevo censo. Tomará, dicen, 6 largos años finalizarlo. Pero como nadie sabe qué ocurrirá en este país tras la retirada de las tropas internacionales y las elecciones de 2014, quizás nunca se termine. O quizás los seis años se dupliquen. En los cuestionarios diseñados para el censo, no se pregunta a qué grupo étnico pertenecen las personas, ni tampoco cuál es su idioma (relacionado totalmente con el grupo étnico) para no herir susceptibilidades. Si en un distrito el resultado fuera, por decir algo, una mayoría de hazaras, los pasthunes de la zona desacreditarían los resultados y dirían que el censo no sirve. Y eso, Naciones Unidas no se lo va a permitir.  Así que, por primera vez desde 1979, se están haciendo encuestas distrito por distrito, casa por casa, y el cuestionario ni siquiera contempla una de las informaciones más relevantes para la población afgana.

La seguridad en muchas provincias de Afganistán, actualmente, imposibilita ser optimista en relación a este censo. Ir en nombre de Naciones Unidas preguntando por las casas en según que lugares es una muerte segura. Hace unos años, esto no era así.

Probablemente, si la necesidad de un censo se hubiera visto antes, se hubiera podido conseguir. La seguridad en las provincias hace siete u ocho años era muchísimo mejor. Quizás, la distribución de las ayudas internacionales hubiera sido más justa. La cooperación exterior hubiera tenido más sentido… o mejor dicho, hubiera tenido sentido.

Karima, probablemente, seguiría sin saber su edad, pero a lo mejor habría sido contabilizada como beneficiaria potencial de un hospital en su distrito. O de una escuela para sus hijos. Ser un número además de una persona, muchas veces sí sirve de algo. Por lo menos en Afganistán. 

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