¿POR QUÉ “ELECTRICITYLAND”?

Años 90. Se interrumpe completamente el servicio de electricidad y agua potable en la ciudad de Kabul.

Año 2013. Frecuentes cortes de suministro eléctrico nos hacen depender del generador (y cuando esto ocurre: cuidado-desconecta el calentador-desconecta el ordenador-desconecta todo lo que puedas).

El aire seco de Kabul me convierte en una acumulación andante de electricidad estática. Saltan chispas cuando rozo objetos, personas y puertas de coches.

“Sós muy eléctrica”, me decían en El Salvador, refiriéndose a mis ganas y energías de hacer mil “volados” en el mínimo tiempo posible.

Y siempre quise ser eléctrica, gaffer o jefa de eléctricos de rodajes.

WELCOME TO ELECTRICITYLAND (mi vida en Kabul)!!

lunes, 17 de marzo de 2014

Desconectando en Bamyan


El silencio. Lo absoluto. El blanco de la nieve resplandeciente me deslumbra. La paz me sobrecoge. Sólo oigo mi propia respiración y el sonido suave de mis esquís deslizándose, deslizándose. De pronto, un crujido intensificado por el eco. Un crujido que va repitiéndose y resuena hasta el horizonte de este lago congelado. 




Pregunto al guía, afgano, si hay riesgo de que el hielo se resquebraje. Me asegura que no. Los crujidos, sin embargo, ponen los pelos de punta. Pero no son suficiente para romper esta paz profunda.

Estoy en Band-e Amir, en las montañas del Hindu Kush, en la provincia de Bamyan. Camino sobre unos esquís para evitar hundirme en la nieve. Estoy en Afganistán, me repito a mí misma, el país del mundo que más se asocia con la palabra “guerra”. Y nunca había sentido tanta paz como en este rincón del mundo, tanta armonía, tanta calma, tantas buenas vibras.

He viajado a la provincia de Bamyan para pasar un fin de semana largo, aprovechando que, por cuarto año consecutivo, se celebra el 4th Afghan Ski Challenge.  No es común en Afganistán la celebración de eventos internacionales de este tipo, dada la situación de inseguridad en el país. Pero ya en la inauguración del campeonato, el jefe de policía de la provincia de Bayman se jacta de liderar la seguridad en la única ciudad afgana libre de ataques. Y sí, en Bayman se respira lo opuesto a Kabul: la calma, la paz, las buenas energías, la hospitalidad de sus habitantes.

Bayman es conocido internacionalmente por sus Budas, dos estatuas gigantescas que los talibán destruyeron en 2001 por ser consideradas ídolos y, por tanto, contrarios al Corán. Los Budas de Bamyan habían permanecido intactos desde su construcción un milenio y medio antes, dominaban el paisaje y eran todo un símbolo de arte antiguo. El trabajo de destrucción fue complicado, se necesitó dinamita y disparos desde tanques, una semana entera hasta consumar la destrucción. El ministro de Información talibán de la época, unta tal Jamai, declaró textualmente: “No se puede bombardear así como así las estatuas, puesto que ambas fueron talladas en un acantilado, están firmemente pegadas a la montaña”.  El atentado de destrucción de los Budas fue duramente condenado por la comunidad internacional.

(los Budas en el siglo XIX)


Trece años después, los nichos recuerdan el lugar que ocuparon los Budas. Ya no hay estatuas, pero estos dos inmensos agujeros igualmente dominan el paisaje y se pueden ver desde muchos puntos de la ciudad. Y tienen un aire mágico, casi espiritual, que contagia a toda la ciudad y a sus habitantes de la etnia hazara. Y a nosotros, los extranjeros que estamos aquí con motivo de la competición de esquí.



En el Ski Challenge participan 38 hombres y 8 mujeres (en dos días diferentes). Lejos de los telesillas o telearrastres que se vienen a la mente al pensar en una competición de esquí, la gran dificultad del circuito es subir hasta la cima de la montaña, con raquetas o esquís recubiertos de una piel especial para no deslizarse montaña abajo. La mayoría de afganos usan esquís manofacturados de madera, que contrastan con los equipos modernos de los participantes extranjeros. 


Bayman ha supuesto un punto de inflexión en los pocos meses que me quedan para abandonar Afganistán. En Bamyan he recobrado energías, he disfrutado del sol que quema, de las montañas, del aire libre, del deporte, de la paz, de la ausencia de guerra.

El lago de Band-E Amir, pese a los crujidos, permanece congelado. Tardará dos meses, dicen, en volver a su estado natural, líquido, azul profundo, listo para nadar. 




domingo, 16 de febrero de 2014

Abdul quiere viajar a Irán


El guarda de los vecinos se llama Abdul y está preocupado.

Hace días ya que se pasea con el rostro compungido, retira la nieve de la puerta desganado, se siente en el taburete de plástico más tiempo de lo habitual a ver pasar las horas.

Su preocupación, me cuenta, es por su esposa, que está enferma. Abdul tiene previsto viajar a Irán para que un buen doctor le haga una revisión en condiciones a su mujer, porque los médicos afganos “sólo dicen mentiras” y “no saben nada de nada”.

Pero el salario de Abdul es sólo de 250 dólares al mes… y el viaje a Irán es muy caro. Le sugiero que, en vez de a Irán, viajen a Pakistán. Allí hay clínicas privadas de prestigio y asequibles, y el viaje y el visado son más baratos. Pero Abdul no quiere ir a Pakistán. No se fía de los médicos de allí. ¿Por qué? Porque no los entiende. ¿Por qué? Porque hablan urdu, no dari. Pero allí seguro que encuentras algún afgano que te ayude a traducir, ¿no? No, a los médicos pakistaníes no se les entiende. No se les entiende. Tengo que llevarla a Irán, donde hablan farsi y les puedo entender.

Por eso Abdul fue hace unos días a la embajada de Irán en Kabul. Le dijeron que el proceso de su visado podía tardar tres meses o más... y que no le aseguraban que lo obtuviera. Y está desanimado. Tres meses es mucho tiempo, dice, y mi mujer sigue enferma. Le han dado un informe hospitalario que ha anexado a su solicitud, para que vean que es un tema de salud y le den el visado cuanto antes. Abdul confía en Alá y en “los de la embajada”. No le queda de otra.

El guarda de los vecinos está preocupado. Y se le nota en la mirada. ¿Qué enfermedad tiene tu mujer?, le pregunto. No puede tener hijos, me contesta. Y necesitamos tener hijos pronto, ella ya tiene 37 años, ya es vieja. Por eso quiero ir a Irán, para que el médico la vea y me diga cómo curarla. Necesitamos tener hijos. Necesitamos tener hijos.

Quiero explicarle que está equivocado. Que su mujer no está enferma. Que, además, hay un 50% de posibilidades de que la imposibilidad de tener hijos tenga que ver con él, con el propio Abdul. Y que en una sola visita médica no le darán una solución mágica. Lo de no poder tener hijos, quiero decirle, es algo que requiere de tiempo y paciencia y puede ser por múltiples causas… hacen falta exámentes, revisiones… Pero mejor me callo. Si le digo que su mujer no se “curará” de inmediato, Abdul se casará con otra mujer más joven que pueda darle hijos lo antes posible. Le desgraciará la vida a su esposa. La hará infeliz. Si le digo que a lo mejor es él el que debe revisarse, Abdul ni me creerá y se sentirá muy ofendido. Y tampoco servirá de nada. Si le propongo la opción de adoptar, no dará crédito. Esto es Afganistán. Es casi una deshonra no tener hijos de tu propia sangre.

Y una vez más me quedo en silencio. Pensando con tristeza en el corazón en la mujer de Abdul, a la que ni conozco. Callada, por no irrumpir brusca y absurdamente en una cultura que no es la mía. Desanimada, porque seguramente Abdul tirará el dinero, que tanto sudor le cuesta ganar, en su viaje a Irán. Indignada, por algo que me parece terriblemente injusto, como es que su mujer sea sustituida por otra porque no sirve para lo que debe servir. Pensativa.

viernes, 31 de enero de 2014

Que nunca llueve a gusto de todos


En diciembre hicimos una pausa, un “break” como se viene en decir si trabajas con influencia del inglés, y estuvimos de vacaciones en España. Nos habían llenado el cuerpo de miedo, diciéndonos que a nuestro regreso moriríamos literalmente de frío, en esta ciudad que se encuentra a casi 1.900 metros de altura y que está rodeada de montañas, donde las casas no están aisladas del exterior, donde parece ser que todos los inviernos un manto de nieve cubre la ciudad y donde los coches patinan por el hielo provocando decenas de accidentes al día.

Nos dijeron que había que aprovisionarse de leña para las calefacciones, que había que tener cuidado y no dejar el grifo totalmente cerrado por las noches, pues las cañerías se congelan y si no corre un hilillo de agua revientan. Nos dijeron que un simple anorak de toda la vida no servía, que había que venir con ropa de invierno antártico, llevar camisetas térmicas, cubrir las ventanas de plástico. Que los proyectos se paralizaban por el frío, que necesitábamos dos edredones y triple manta, que los calcetines normales no eran suficiente.

El siete de enero, como buenos consumidores occidentales, estábamos puntualmente en el Decathlon, invirtiendo en ropa de abrigo de rebajas, con la idea de minimizar el sufrimiento del terrible invierno que nos esperaba en Kabul, más teniendo en cuenta que nuestros anteriores inviernos habían sido en el Trópico, donde los veinte grados centígrados ya son noticia en el periódico y se consideran una ola de frío.

El invierno que nos hemos encontrado en Kabul, sin embargo, es suave comparado con lo que esperábamos. Casi todos los días brilla el sol, no ha nevado desde que llegamos, y aunque algunas noches hemos rozado los cero grados, a la luz del día es comparable a un invierno de los fríos en Barcelona. Llevamos un par de días sin encender el “boohari” en la habitación y las botas que nos compramos para frío extremo nos dan demasiado calor. 

Aunque se espera una bajada de las temeraturas para los próximos días, e incluso se han anunciado lluvias y nevadas, si no cambia el clima drásticamente, éste será recordado como uno de los inviernos más calurosos de Kabul. Y aunque para mí esto es una suerte, la población afgana está preocupada: sin frío no hay nieve, sin nieve no hay deshielo, sin deshielo no hay agua, sin agua los campos no producen. Resumiendo: las tropas se retiran, el país se convulsiona, las elecciones vaticinan ataques violentos, el trabajo se ha paralizado por el contexto político… y lo único que le faltaba a Afganistán para coronar este desastre es tener un año de malas cosechas y menor producción agrícola y, por tanto, económica. Que nunca llueve a gusto de todos está claro… pero es que aquí, este año, simplemente no llueve.

Así que, en contra de mis intereses personales, cruzo los dedos para que cambie de verdad la temperatura, para que el termómetro marque negativo y para que la ciudad se cubra de nieve y hielo. Para congelarme, vaya.