El silencio. Lo absoluto. El blanco de la nieve
resplandeciente me deslumbra. La paz me sobrecoge. Sólo oigo mi propia
respiración y el sonido suave de mis esquís deslizándose, deslizándose. De pronto, un crujido
intensificado por el eco. Un crujido que va repitiéndose y resuena hasta el
horizonte de este lago congelado.
Pregunto al guía, afgano, si hay riesgo de que el hielo se
resquebraje. Me asegura que no. Los crujidos, sin embargo, ponen los pelos de
punta. Pero no son suficiente para romper esta paz profunda.
Estoy en Band-e Amir, en las montañas del Hindu Kush, en la
provincia de Bamyan. Camino sobre unos esquís para evitar hundirme en la nieve.
Estoy en Afganistán, me repito a mí misma, el país del mundo que más se asocia
con la palabra “guerra”. Y nunca había sentido tanta paz como en este rincón
del mundo, tanta armonía, tanta calma, tantas buenas vibras.
He viajado a la provincia de Bamyan para pasar un fin de
semana largo, aprovechando que, por cuarto año consecutivo, se celebra el 4th
Afghan Ski Challenge. No es común en
Afganistán la celebración de eventos internacionales de este tipo, dada la
situación de inseguridad en el país. Pero ya en la inauguración del campeonato,
el jefe de policía de la provincia de Bayman se jacta de liderar la seguridad
en la única ciudad afgana libre de ataques. Y sí, en Bayman se respira lo opuesto a
Kabul: la calma, la paz, las buenas energías, la hospitalidad de sus habitantes.
Bayman es conocido internacionalmente por sus Budas, dos
estatuas gigantescas que los talibán destruyeron en 2001 por ser consideradas
ídolos y, por tanto, contrarios al Corán. Los Budas de Bamyan habían
permanecido intactos desde su construcción un milenio y medio antes, dominaban
el paisaje y eran todo un símbolo de arte antiguo. El trabajo de destrucción
fue complicado, se necesitó dinamita y disparos desde tanques, una semana
entera hasta consumar la destrucción. El ministro de Información talibán de la
época, unta tal Jamai, declaró textualmente: “No se puede bombardear así como
así las estatuas, puesto que ambas fueron talladas en un acantilado, están
firmemente pegadas a la montaña”. El
atentado de destrucción de los Budas fue duramente condenado por la comunidad
internacional.
Trece años después, los nichos recuerdan el lugar que
ocuparon los Budas. Ya no hay estatuas, pero estos dos inmensos agujeros
igualmente dominan el paisaje y se pueden ver desde muchos puntos de la ciudad.
Y tienen un aire mágico, casi espiritual, que contagia a toda la ciudad y a sus
habitantes de la etnia hazara. Y a nosotros, los extranjeros que estamos aquí con
motivo de la competición de esquí.
En el Ski Challenge participan 38 hombres y 8 mujeres (en
dos días diferentes). Lejos de los telesillas o telearrastres que se vienen a
la mente al pensar en una competición de esquí, la gran dificultad del circuito
es subir hasta la cima de la montaña, con raquetas o esquís recubiertos de una
piel especial para no deslizarse montaña abajo. La mayoría de afganos usan esquís
manofacturados de madera, que contrastan con los equipos modernos de los
participantes extranjeros.
Bayman ha supuesto un punto de inflexión en los pocos meses
que me quedan para abandonar Afganistán. En Bamyan he recobrado energías, he
disfrutado del sol que quema, de las montañas, del aire libre, del deporte, de la paz, de la
ausencia de guerra.
El lago de Band-E Amir, pese a los crujidos, permanece
congelado. Tardará dos meses, dicen, en volver a su estado natural, líquido,
azul profundo, listo para nadar.





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