¿POR QUÉ “ELECTRICITYLAND”?

Años 90. Se interrumpe completamente el servicio de electricidad y agua potable en la ciudad de Kabul.

Año 2013. Frecuentes cortes de suministro eléctrico nos hacen depender del generador (y cuando esto ocurre: cuidado-desconecta el calentador-desconecta el ordenador-desconecta todo lo que puedas).

El aire seco de Kabul me convierte en una acumulación andante de electricidad estática. Saltan chispas cuando rozo objetos, personas y puertas de coches.

“Sós muy eléctrica”, me decían en El Salvador, refiriéndose a mis ganas y energías de hacer mil “volados” en el mínimo tiempo posible.

Y siempre quise ser eléctrica, gaffer o jefa de eléctricos de rodajes.

WELCOME TO ELECTRICITYLAND (mi vida en Kabul)!!

viernes, 19 de julio de 2013

Un lago sin mujeres.





 “Me da la impresión de que en Kabul vives en una continua incertidumbre”, me dice mi amiga Carla a través de whatsapp cuando le cuento que no, que no hemos podido irnos a la India hoy como estaba previsto porque la mayoría de vuelos que salían del aeropuerto de Kabul han sido cancelados por motivos de seguridad. Efectivamente, vivimos en la incertidumbre. De hecho aún no sabemos si mañana podremos volar. Pero al mal tiempo, buena cara: estamos de vacaciones, en Kabul o en New Delhi, así que hemos aprovechado para conocer algo más del lado turístico de Kabul (difícil de encontrar de buenas a primeras, pero existente).

A nueve kilómetros de Kabul se encuentra el lago Qargha.  Es una presa artificial de gran extensión, de lejos de color azul clarito casi turquesa, de cerca más bien marrón, que se utiliza para suministrar agua a la ciudad pero, sobre todo, como centro recreativo.

A medida que nos acercamos al lago, a orillas de la carretera, vamos viendo tenderetes donde se venden colchonetas, gafas de bucear, piscinas hinchables y flotadores en forma de pato. Curioso, me digo a mí misma. Son los mismos artículos que te encuentras cuando te acercas a Lloret de Mar, a Peñíscola o al Tunco (El Salvador). La globalización playera está presente en Kabul, a pesar de estar en un país que no tiene acceso al mar.

Al entrar al recinto del lago, lo primero que distingo son patines (de esos de pedalar en el agua) con forma de cisnes gigantes… bastante horteras para mi gusto occidental, debo decir. Hay norias a la orilla del lago, atracciones de feria, tenderetes diversos y restaurantes.

En la orilla del lago, muchísima gente bañándose. Un niño vende sobrecitos de champú y veo a varias personas restregándose a fondo el cuerpo y el pelo… y dejando los restos jabonosos en el lago, por supuesto. Hay grupitos de gente charlando, mojándose los pies, jugando con la tierra, salpicándose en broma unos a otros… gente bajo la sombrilla contándose la vida, gente relajada mirando el hermoso paisaje. El terreno es un poco abrupto, pero no asusta a los afganos para llegar hasta la orilla con sus coches y motos, hasta que las ruedas se meten en el agua. Una vez allí, sacan paños, esponjas y toallas y lavan a fondo los vehículos. El lago de Qargha es tren de lavado, baño público y muchas cosas más a la vez.

La gente se ve tranquila, contenta. No hay tensión. No hay ninguna sensación de peligro. Es más, extrañamente en este país, casi nadie repara en nosotros ni nos hace mucho caso, pese a ser evidentemente extranjeros. La escena de la orilla del lago es casi bucólica, paradisíaca… Pero falta algo. Y es algo muy importante. Hay adultos. Hay gente mayor. Hay niños. Hay jolgorio y diversión. Pero no hay ni una mujer. Y no es que esté prohibida la entrada para las mujeres, ni mucho menos. Pero en Afganistán, a menudo, parece que sólo los hombres pueden disfrutar de momentos de ocio, que la diversión sólo está permitida para ellos.

Mientras hablamos sobre esta triste realidad, vemos cómo un coche lleno de gente se acerca a la orilla. Distinguimos en el interior un conductor (hombre), un copiloto (adolescente), ocho niños y una sola mujer cubiera con un burqa.

Y yo digo: “¡Por fin, una mujer! Ya veréis cómo se quita el burqa y acompaña a su familia al lago”. Juan y Mario me contestan: “Ya verás como no”. Pero yo creo firmemente que lo hará.

Empieza el desfile. Salen del coche los ocho niños (ni una niña), el adolescente, el padre… Los niños se acercan a la orilla, se quedan en bañador o calzoncillos, juegan a salpicarse, a zambullirse. Se ríen. El padre los vigila de cerca, mientras habla con otros hombres.

En el interior del vehículo, la mancha azul que es la mujer, apoya la cabeza contra el cristal. ¿Qué estará pensando?, me pregunto. ¿Será normal para ella tener que ver desde la distancia a sus hijos jugando? ¿O estará rabiando como rabio yo al ver la situación? ¿Estará resignada? ¿Estará tranquila? ¿Estará pensando que mejor se hubiera quedado en casa? ¿Se preguntará lo que yo me pregunto, es decir, si alguno de sus hijos se plantea la absuridad de la situación? ¿Me verá a mí, mujer, con los pies en el agua, y reflexionará sobre sus libertades y las mías? ¿O me verá a mí, mujer como ella, libremente charlando con dos hombres y con claras muestras de confianza y pensará que soy una libertina?

Reprimo las ganas de ir hacia el coche; de abrir la puerta bruscamente y sentarme a su lado; de intentar comunicarme con ella; de preguntarle lo impregunable  y de intentar entender desde dentro, sin prejuicios, tantas cosas de este país que todavía no entiendo.

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