¿POR QUÉ “ELECTRICITYLAND”?

Años 90. Se interrumpe completamente el servicio de electricidad y agua potable en la ciudad de Kabul.

Año 2013. Frecuentes cortes de suministro eléctrico nos hacen depender del generador (y cuando esto ocurre: cuidado-desconecta el calentador-desconecta el ordenador-desconecta todo lo que puedas).

El aire seco de Kabul me convierte en una acumulación andante de electricidad estática. Saltan chispas cuando rozo objetos, personas y puertas de coches.

“Sós muy eléctrica”, me decían en El Salvador, refiriéndose a mis ganas y energías de hacer mil “volados” en el mínimo tiempo posible.

Y siempre quise ser eléctrica, gaffer o jefa de eléctricos de rodajes.

WELCOME TO ELECTRICITYLAND (mi vida en Kabul)!!

miércoles, 11 de septiembre de 2013

El significado de las balas.



El 12 de septiembre sabe a resaca dulce en Kabul. Sabe al cansancio del “día después”, de la celebración que te deja exhausto pero satisfecho, del espejismo de una felicidad concentrada durante unas pocas horas que podría durar para siempre.

Ayer por la noche, 11 de septiembre, las calles de Kabul se llenaron de gente (hombres exclusivamente, por supuesto) celebrando, bailando, cantando, ondeando banderas nacionales.  Se oían disparos al aire, risas y música a todo volumen en las casas de los vecinos. Y muchos gritos de “Afghanistan, Afghanistan, Afghanistaaaaaan!!”.

La fecha era pura casualidad. En realidad, a la población afgana le importa poco el recuerdo del 11S. Durante la época talibán, recordemos, la televisión estaba prohibida en este país. Casi nadie vio las imágenes de las Torres Gemelas despedazándose. Y aún hoy, tantos años después, la mayoría de agfanos y afganas no saben qué es el tan archiconocido 11S, a pesar de que conmemora algo que a ellos les afectó de lleno.

No, lo de ayer era otra cosa. La selección de fútbol afgana ganaba, por primera vez, un título internacional: la Copa Surasia. Final contra India, vencedora en seis ocasiones del torneo, en Katmandú. Resultado-final-Afganistán-dos-India-cero. Y luego, la alegría Los tiros. Los gritos. La música. La felicidad en los rostros. Euforia. Euforia. Euforia.

En la calle, me cuentan (las normas de seguridad me impidieron vivirlo en primera persona), se mezclaron afganos de todas las etnias a celebrar. Lo veo en imágenes por la tele: hazaras, tayikos, pastunes… dando saltos a la vez. Un hecho sin precedentes en Afganistán, una celebración conjunta.  Lo primero que me dice mi traductor esta mañana es justamente eso: “Ayer, por primera vez en la vida, vi a gente de todas las etnias celebrando a la vez en las calles”. Histórico, sin lugar a dudas.

Y luego la reflexión barata (mi discurso habitual): todo esto por un deporte, por el fútbol. Si pusiéramos la misma pasión a las cuestiones políticas blablabla. Si lográramos esta unión entre etnias en Afganistán de manera permanente blablabla. Si la gente saliera a la calle a celebrar más a menudo blablabla. La frivolidad del fútbol blablabla. El dinero que mueve blablabla.

Hoy, la verdad, doy la espalda a estos argumentos (seguramente será sólo hoy, quién sabe). Es tan poco frecuente ver a la población afgana feliz, celebrando, unida… A pesar de los disparos al aire, no se ha informado de accidentes.  La gente sigue sonriente. En la oficina hemos dejado encendida la tele, para ver el especial que se emite. La presentadora cubre sus cabellos con un velo con los colores de la bandera afgana. Los jugadores siguen bailando en las calles. Por un día, como un sueño pasajero, no está mal esta pseudo-armonía nacional. Mañana, lo sé, todo volverá a ser lo que fue. Y las balas en Afganistán volverán a significar lo de siempre.


(Photo: Rahmat Gul, AP. Fuente: www.usatoday.com)

viernes, 19 de julio de 2013

Un lago sin mujeres.





 “Me da la impresión de que en Kabul vives en una continua incertidumbre”, me dice mi amiga Carla a través de whatsapp cuando le cuento que no, que no hemos podido irnos a la India hoy como estaba previsto porque la mayoría de vuelos que salían del aeropuerto de Kabul han sido cancelados por motivos de seguridad. Efectivamente, vivimos en la incertidumbre. De hecho aún no sabemos si mañana podremos volar. Pero al mal tiempo, buena cara: estamos de vacaciones, en Kabul o en New Delhi, así que hemos aprovechado para conocer algo más del lado turístico de Kabul (difícil de encontrar de buenas a primeras, pero existente).

A nueve kilómetros de Kabul se encuentra el lago Qargha.  Es una presa artificial de gran extensión, de lejos de color azul clarito casi turquesa, de cerca más bien marrón, que se utiliza para suministrar agua a la ciudad pero, sobre todo, como centro recreativo.

A medida que nos acercamos al lago, a orillas de la carretera, vamos viendo tenderetes donde se venden colchonetas, gafas de bucear, piscinas hinchables y flotadores en forma de pato. Curioso, me digo a mí misma. Son los mismos artículos que te encuentras cuando te acercas a Lloret de Mar, a Peñíscola o al Tunco (El Salvador). La globalización playera está presente en Kabul, a pesar de estar en un país que no tiene acceso al mar.

Al entrar al recinto del lago, lo primero que distingo son patines (de esos de pedalar en el agua) con forma de cisnes gigantes… bastante horteras para mi gusto occidental, debo decir. Hay norias a la orilla del lago, atracciones de feria, tenderetes diversos y restaurantes.

En la orilla del lago, muchísima gente bañándose. Un niño vende sobrecitos de champú y veo a varias personas restregándose a fondo el cuerpo y el pelo… y dejando los restos jabonosos en el lago, por supuesto. Hay grupitos de gente charlando, mojándose los pies, jugando con la tierra, salpicándose en broma unos a otros… gente bajo la sombrilla contándose la vida, gente relajada mirando el hermoso paisaje. El terreno es un poco abrupto, pero no asusta a los afganos para llegar hasta la orilla con sus coches y motos, hasta que las ruedas se meten en el agua. Una vez allí, sacan paños, esponjas y toallas y lavan a fondo los vehículos. El lago de Qargha es tren de lavado, baño público y muchas cosas más a la vez.

La gente se ve tranquila, contenta. No hay tensión. No hay ninguna sensación de peligro. Es más, extrañamente en este país, casi nadie repara en nosotros ni nos hace mucho caso, pese a ser evidentemente extranjeros. La escena de la orilla del lago es casi bucólica, paradisíaca… Pero falta algo. Y es algo muy importante. Hay adultos. Hay gente mayor. Hay niños. Hay jolgorio y diversión. Pero no hay ni una mujer. Y no es que esté prohibida la entrada para las mujeres, ni mucho menos. Pero en Afganistán, a menudo, parece que sólo los hombres pueden disfrutar de momentos de ocio, que la diversión sólo está permitida para ellos.

Mientras hablamos sobre esta triste realidad, vemos cómo un coche lleno de gente se acerca a la orilla. Distinguimos en el interior un conductor (hombre), un copiloto (adolescente), ocho niños y una sola mujer cubiera con un burqa.

Y yo digo: “¡Por fin, una mujer! Ya veréis cómo se quita el burqa y acompaña a su familia al lago”. Juan y Mario me contestan: “Ya verás como no”. Pero yo creo firmemente que lo hará.

Empieza el desfile. Salen del coche los ocho niños (ni una niña), el adolescente, el padre… Los niños se acercan a la orilla, se quedan en bañador o calzoncillos, juegan a salpicarse, a zambullirse. Se ríen. El padre los vigila de cerca, mientras habla con otros hombres.

En el interior del vehículo, la mancha azul que es la mujer, apoya la cabeza contra el cristal. ¿Qué estará pensando?, me pregunto. ¿Será normal para ella tener que ver desde la distancia a sus hijos jugando? ¿O estará rabiando como rabio yo al ver la situación? ¿Estará resignada? ¿Estará tranquila? ¿Estará pensando que mejor se hubiera quedado en casa? ¿Se preguntará lo que yo me pregunto, es decir, si alguno de sus hijos se plantea la absuridad de la situación? ¿Me verá a mí, mujer, con los pies en el agua, y reflexionará sobre sus libertades y las mías? ¿O me verá a mí, mujer como ella, libremente charlando con dos hombres y con claras muestras de confianza y pensará que soy una libertina?

Reprimo las ganas de ir hacia el coche; de abrir la puerta bruscamente y sentarme a su lado; de intentar comunicarme con ella; de preguntarle lo impregunable  y de intentar entender desde dentro, sin prejuicios, tantas cosas de este país que todavía no entiendo.

martes, 9 de julio de 2013

Incierto inicio de Ramadán.


-¿Qué día empieza el Ramadán? – pregunto con curiosidad a mis compañeros de trabajo. Mi investigación cibernética me ha dejado confundida, pues aparecen distintas fechas de inicio para este evento que, creía, era común en el calendario de todos los países islámicos. Es una semana compleja a nivel de trabajo, así que necesito saber el día de arranque (que es festivo) para poder organizarme.

Mis compañeros se encogen de hombros. “Lo sabremos la noche antes, hacia las once o doce”, responden. Soy incrédula, lo reconozco. No me creo ni una palabra.

El domingo (día laborable aquí) me llama el coordinador de una de nuestras contrapartes. “María Jaan, mejor adelantemos la reunión pendiente para el martes al lunes, porque es probable que empiece el Ramadán el martes”. ¿Es probable?, me pregunto. Faltan sólo 2 días, ¿cómo es que nadie sabe que día empieza? “Los mullás avisarán la noche antes por la televisión”, me insisten mis compañeros. No entiendo nada. ¿Por qué no nos pueden avisar con más antelación? ¿Qué sentido tiene enterarse la noche antes? ¿Cómo voy a trazar mis planes de reuniones con entidades si no sé si será festivo?

Vuelvo a mi salvavidas, a mi informante… San Google. “El 9 de Julio de 2013 se celebra el inicio del Ramadán del año 1433 de la Hégira.”, leo. Perfecto. Entonces, dejaré el martes 9 de julio libre de reuniones. Y así sigue la vida. El lunes todo el mundo tiene en la cabeza que al día siguiente será festivo. Y sólo por eso, ya nadie tiene ganas de trabajar.

A las diez de la noche, nos avisan de que “los sabios y expertos integrantes del Moon Sighting Committee de Arabia Saudita todavía no alcanza a observar el primer cuarto creciente tras el novilunio”. Y ahí, por fin, lo empiezo a entender.

El calendario musulmán se rige totalmente por la luna. Sus meses son lunares (se basan en el tiempo que tarda la luna en dar la vuelta al planeta Tierra). En cada país, una Autoridad Islámica competente determina, observando la luna, si ya ha empezado el noveno mes del calendario que marca el inicio del Ramadán. En Afganistán, concretamente, “dependemos” de la decisión de los sabios saudíes. Pregunto a un extranjero que lleva tiempo viviendo aquí y me comenta que la observación del cuarto creciente depende de mil factores atmosféricos y que cada “Autoridad” utiliza un método de observación distinto (en este momento, sólo puedo pensar en True Blood y la Autoridad Vampírica; lo sé, cada vez soy más hereje). El resultado de esto es que en cada país, islámico o no, el Ramadán (y el mes) inicia un día diferente. Tras varios bulos por la red (twitter, facebook y demás) y un par de anuncios televisivos inciertos, por fin, a las once de la noche, nos enteramos de que no, de que finalmente mañana no iniciará el Ramadán… será probablemente pasado mañana. Probablemente.

Horas antes la mayoría de la población afgana estaba convencida de que el martes sería festivo. Así que en general, lo sé, el martes será poco productivo, pues ya nadie tendrá ganas de trabajar…

Escribo esto en martes. En víspera de festivo, creo. A pocas horas de iniciar el Ramadán, creo. Probablemente. Creo. Todo es incierto. Hasta que la Autoridad aviste la luna. Hasta que sepamos si hay cuarto creciente o no.