¿POR QUÉ “ELECTRICITYLAND”?

Años 90. Se interrumpe completamente el servicio de electricidad y agua potable en la ciudad de Kabul.

Año 2013. Frecuentes cortes de suministro eléctrico nos hacen depender del generador (y cuando esto ocurre: cuidado-desconecta el calentador-desconecta el ordenador-desconecta todo lo que puedas).

El aire seco de Kabul me convierte en una acumulación andante de electricidad estática. Saltan chispas cuando rozo objetos, personas y puertas de coches.

“Sós muy eléctrica”, me decían en El Salvador, refiriéndose a mis ganas y energías de hacer mil “volados” en el mínimo tiempo posible.

Y siempre quise ser eléctrica, gaffer o jefa de eléctricos de rodajes.

WELCOME TO ELECTRICITYLAND (mi vida en Kabul)!!

viernes, 25 de octubre de 2013

Y decidió quitarse la vida.


Su padre era adicto al juego, como tantos hombres afganos, y entre apuesta y apuesta perdió el trabajo, todos los ahorros, la casa y aquel pedacito de tierra.

Su padre era adicto al juego, como tantos hombres afganos, y se reunía con sus amigotes de noche y en secreto, porque el islam prohíbe tajantemente cualquier práctica relacionada con las apuestas.

Su padre era adicto al juego y en aquella partida ya no tenía nada que apostar. Aún así, jugó. Y volvió a perder. Así que la entregó al ganador de la noche el día que ella cumplía 13 años. La boda fue un mes después.

El ganador de la noche tenía la edad de su padre y era como su padre: jugador, violento, sin escrúpulos. Desde el primer día puso las cosas claras. Tú me perteneces porque te he ganado jugando, así que serás mi esclava, mi servidora. Tendré sexo con otras, podré casarme con otras, y tú les servirás a ellas como me tienes que servir a mí. Lo hagas bien o lo hagas mal, te daré palizas a menudo, para recordarte que eres poco más que un objeto que respira para mí.

Y ella decidió quitarse la vida.

Quisiera que fuera excepcional. Quisiera que me hubieran contado esto como una anécdota, algo ocurrido en la época talibán, algo que alguien le contó a alguien y se convirtió en una leyenda urbana: “la hija del amigo de un primo de un conocido…”. Pero no. Esta historia es común en Afganistán. Es frecuente. Es reiterada.

El 10 de septiembre de este año, coincidiendo con el Día para la Prevención del Suicidio, el Ministerio de Salud Pública de Afganistán presentó un informe con ese tipo de datos que te ponen la piel de gallina involuntariamente. El primero: Afganistán es el único país del mundo donde se suicidan más mujeres que hombres (el 95 por ciento de los casos son mujeres). Sólo en 2012, se quitaron la vida 2.500 mujeres. Según Fawzia Nawabi, de la Comisión Independiente de Derechos Humanos, los datos no oficiales (los reales) son mucho más escalofriantes, pues muchos suicidos ni siquiera se registran por ser una vergüenza para las familias.

Las entidades que trabajan en Derechos Humanos en Afganistán coinciden en que la causa principal de la alta tasa de suicidios femeninos es el matrimonio forzado e infantil y lo que éste implica: violencia sistemática, física y psicológica, contra las mujeres.

Según datos del último informe semestral de UNAMA (la Misión de las Naciones Unidas para Afganistán) los casos de violencia doméstica en Afganistán aumentaron en 2013 respecto al año 2012. La violencia contra las mujeres en la esfera privada es tan habitual que ni siquiera se etiqueta como “violencia”.  Que ni siquiera es un hecho relevante para nadie. Pero es tan relevante que aumenta de año en año.

Y mientras aumenta, las grandes agencias de cooperación y la comunidad internacional se llenan la boca con resultados logrados: los derechos de las mujeres siguen mejorando de forma lenta pero segura en Afganistán, dicen.  Y yo quisiera contarles tantas cosas… tantas cosas que nunca van a escuchar.

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