En diciembre hicimos una pausa, un “break” como se viene en decir si trabajas con influencia del inglés, y estuvimos de vacaciones en España. Nos
habían llenado el cuerpo de miedo, diciéndonos que a nuestro regreso moriríamos
literalmente de frío, en esta ciudad que se encuentra a casi 1.900 metros de
altura y que está rodeada de montañas, donde las casas no están aisladas del
exterior, donde parece ser que todos los inviernos un manto de nieve cubre la
ciudad y donde los coches patinan por el hielo provocando decenas de accidentes
al día.
Nos dijeron que había que aprovisionarse de leña para las
calefacciones, que había que tener cuidado y no dejar el grifo totalmente
cerrado por las noches, pues las cañerías se congelan y si no corre un hilillo
de agua revientan. Nos dijeron que un simple anorak de toda la vida no servía,
que había que venir con ropa de invierno antártico, llevar camisetas térmicas,
cubrir las ventanas de plástico. Que los proyectos se paralizaban por el frío,
que necesitábamos dos edredones y triple manta, que los calcetines normales no
eran suficiente.
El siete de enero, como buenos consumidores occidentales,
estábamos puntualmente en el Decathlon, invirtiendo en ropa de abrigo de
rebajas, con la idea de minimizar el sufrimiento del terrible invierno que nos
esperaba en Kabul, más teniendo en cuenta que nuestros anteriores inviernos
habían sido en el Trópico, donde los veinte grados centígrados ya son noticia
en el periódico y se consideran una ola de frío.
El invierno que nos hemos encontrado en Kabul, sin embargo,
es suave comparado con lo que esperábamos. Casi todos los días brilla el sol,
no ha nevado desde que llegamos, y aunque algunas noches hemos rozado los cero
grados, a la luz del día es comparable a un invierno de los fríos en Barcelona.
Llevamos un par de días sin encender el “boohari” en la habitación y las botas
que nos compramos para frío extremo nos dan demasiado calor.
Aunque se espera una bajada de las temeraturas para los
próximos días, e incluso se han anunciado lluvias y nevadas, si no cambia el
clima drásticamente, éste será recordado como uno de los inviernos más
calurosos de Kabul. Y aunque para mí esto es una suerte, la población afgana
está preocupada: sin frío no hay nieve, sin nieve no hay deshielo, sin deshielo
no hay agua, sin agua los campos no producen. Resumiendo: las tropas se retiran,
el país se convulsiona, las elecciones vaticinan ataques violentos, el trabajo
se ha paralizado por el contexto político… y lo único que le faltaba a
Afganistán para coronar este desastre es tener un año de malas cosechas y menor
producción agrícola y, por tanto, económica. Que nunca llueve a gusto de todos
está claro… pero es que aquí, este año, simplemente no llueve.
Así que, en contra de mis intereses personales, cruzo los
dedos para que cambie de verdad la temperatura, para que el termómetro marque
negativo y para que la ciudad se cubra de nieve y hielo. Para congelarme, vaya.




